Adaptarse a los cambios

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En pasados artículos hablé sobre el concepto de zona de confort, habitual en la psicología y el coaching. En este caso, deseo hacer referencias a la necesidad de adaptarse a una realidad cambiante y compleja que nos exige la sociedad de hoy.

Antes, había certezas que sabíamos que iban a durar para toda la vida. El matrimonio, el trabajo, la familia o el lugar de residencia eran elementos que ayudaban a que un ser humano se enraizase en algo y tuviese algo a que agarrarse. Además, la estructura social de valores, fuese mejor o peor, no variaba en lo sustancial.

El desarrollo económico y el consecuente proceso de globalización nos han llevado a una sociedad cada vez más mestiza, plural y donde los valores no tienen una única interpretación. Es bueno no fijar en nuestra mente certezas absolutas porque, más allá de lo que vamos a experimentar durante nuestra vida, es la forma de evitar chascos, frustraciones y sufrimiento.

Nuestra psique está concebida para cambios limitados y, por desgracia, hoy tenemos que adaptarnos a cambios repentinos para sobrevivir, tanto en el ámbito laboral como personal. En muchos casos, como nos cuesta adaptarnos a estas situaciones nuevas, experimentamos estrés y esta es la puerta para trastornos si no lo podemos direccionar adecuadamente.

Ante esta situación, el primer desafío es aprender a cuidarnos y buscar formas de canalizar la energía cuando estemos nerviosos. Hay gente a la que le gusta practicar deporte, otra que prefiere practicar meditación y artes marciales y hay aficiones individuales como la pintura o la lectura que pueden servir para centrarnos. Por propia experiencia, lo que sí aconsejo es tener algún tipo de actividad porque, cuando hay mucho tiempo sin hacer nada, la mente tiende a la negatividad.

En segundo lugar, y además de adaptarse a aquellas situaciones nuevas de la vida, es importante partir de la base de que no podemos dejar que la realidad nos gobierne a nosotros. Por lo tanto, una forma de canalizar esa energía consiste en focalizarnos en nuevas metas y objetivos personales o laborales. Tener un propósito es una forma de direccionar nuestra energía a donde lo deseamos.

Si seguimos estos consejos, vamos a vivir más tranquilos y felices, utilizando el estrés a nuestro favor. Al final, se trata de canalizar la energía, nunca de reprimir, y hacer de lo que en principio es un aviso de nuestro organismo una oportunidad para nuestro crecimiento personal.

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